jueves, 14 de diciembre de 2006

La Etica del Probabilismo

Tomemos como punto de partida la cita del evangelio de Mateo: Iugum meum suave est, et onus meum leve (mi yugo es suave y mi carga es suave). Esta cita plantea una serie de cuestión a la teología moral de la época y a la actual también.

¿Qué es ese 'yugo' del que habla Jesús? Desde la óptica de un probabilista no cabe la menor duda de que el yugo es la ley, en cualquiera de sus formas. Toda ley es un yugo que los seres humanos tienen que cargar sobre sus hombros, pero a diferencia de otras leyes, la ley de Cristo es un yugo ‘suave’.

Todo probabilista que se respete hará hasta lo imposible para que jamás se olvide que la ley de Cristo es un yugo suave; por lo que, dicho sea de paso, realmente no puede extrañar que sus detractores hayan querido asociar al sistema con el laxismo.

Una opinión es un juicio no garantizado por el conocimiento, es decir, un juicio que puede ser verdadero o falso. Dicho de otro modo, siempre que se emite una opinión es necesario tener en cuenta la probabilidad de la opinión contraria.

A partir de este concepto simple de ‘opinión’, algunos autores pasan al concepto complejo de ‘opinión probable’, que la escolástica definía como el juicio verosímil al que se otorga asentimiento práctico.

‘Probable’ es todo aquello que es intrínsecamente capaz de probarse, de donde se sigue que “es error común y vulgar llamar a una opinión más o menos probable.” Tesis probabilista.

Las opiniones sólo se pueden dividir en probables o improbables. No tiene ningún sentido filosóficamente relevante graduarlas en más o menos probables, como vulgarmente hacen los contendientes del probabilismo. Con ello, lo único que realmente están haciendo es procurando fortalecer sus propias opiniones, sostener sus críticas a las contrarias y aplacar sus temores respecto de la falta de conocimiento.


¿De qué trata, pues, propiamente el probabilismo? En las épocas de grandes crisis culturales, las desorientadas conciencias morales quisieran tener a la mano una guía cierta para dirimir entre las opiniones concurrentes. ¿Cuál de dos opiniones contrarias es lícito seguir en la acción?

Para resolver este tipo de problemas, los probabilistas (entre ellos, muchos jesuitas) enseñaban que lo primero que debía hacerse era determinar si las opiniones concurrentes eran probables o no. Luego de lo cual, si era el caso que ambas opiniones mostraban probabilidad, recomendaban tener en cuenta que ambas podían ser lícitamente seguidas, a pesar de ser concurrentes, es decir, a pesar de que señalaban cursos de acción contrarios.

La razón dada para legitimar toda opinión probable por el solo hecho de ser probable era simplemente esta: En materia opinable no rige el principio de no-contradicción, que sólo vale para el conocimiento verdadero.

A continuación, los probabilistas debían poder determinar la probabilidad o improbabilidad de una opinión. Para ello hacía falta tener una idea muy precisa de qué es lo que determina la probabilidad y averiguar si esa determinación se aplica correctamente a un caso concreto o no.

‘Prueba’ es una “demostración clara del objeto, por argumentos de hecho o de derecho”.

A partir de esta definición han querido los teólogos erradamente distinguir entre más o menos probable, esto es, [entre] prueba plena o semiplena. Los teólogos escolásticos, en efecto, poniéndose en analogía con el pensamiento jurídico, habían propagado la distinción entre probabilidad intrínseca y probabilidad extrínseca, cometiendo un error epistemológico que Paco detecta y denuncia: La naturaleza de una prueba admite gradación, pero “la esfera de la probabilidad” no.

Paco, como todo buen probabilista, halla un enorme placer en señalar que la verdadera intención de distinguir entre una opinión más y otra menos probable es política. Lo que realmente se busca con esa distinción es otorgarle a una de las opiniones concurrentes el respaldo de autoridad que requiere para ser convertida en ley, es decir, para convertirse en un yugo más que pese sobre las conciencias. En un sentido estricto, la ‘opinión más probable’ no responde a otra cosa que a la vulgar recomendación del poder político, que le pide al desorientado ciudadano común abstenerse de todo riesgo moral cuando tenga dudas respecto de qué hacer. En otras palabras, el probabiliorismo (la opción por la opinión más probable) se diferencia del probabilismo (la opción por la opinión probable) porque responde a la máxima: ‘Si dudas, elige siempre lo más seguro, y lo más seguro es siempre lo que goza del repaldo de la autoridad.’

Peor aún, en la preferencia por ‘la opinión más probable’ prima un criterio cuantitativo, toda vez que se tienda a interpretar ‘más probable’ como ‘mayoritariamente respaldada’. Pongo como testigo, dice Paco, la tumba de innumerables moralistas “extravagantes que, siguiendo a Sto. Tomás, dicen que el Juez debe sentenciar de tal suerte según lo alegado y probado, que si veinte o treinta testigos juran que Pedro mató a Juan, lo debe ahorcar aunque él vio y presenció que el matador fue Francisco” (otro Francisco, no Paco). Y en un rapto triunfalista, añade: “Hoy todos los modernos siguen lo contrario.”

Toda disputa acerca de opiniones morales concurrentes, “bien penetrados sus términos” —aclara Paco—, debe partir de un principio ético claramente establecido, según el cual no es lícito seguir una opinión improbable a la vista de una probable. Esa es toda la diferencia que importa. Y para evitar la común acusación de relajamiento moral que se solía hacer a todo aquel que sostuviera esto, el buen Paco añade que tampoco es lícito seguir la opinión probada con prueba semiplena, es decir, con una prueba laxa, dejando de lado una opinión probada con prueba plena.

Hasta aquí las consideraciones iniciales, puramente teóricas, que se ponen todavía más abstractas conforme se avanza en la lectura de La Antorcha Luminosa. Pero a partir de este punto, mi ensayo tomará un giro más concreto. Mi propósito es mostrar por qué razón fue el probabilismo un sistema moral tan polémico y controversial. Para ello volveré sobre las tesis de Paco, el autor anónimo de La Antorcha, pero lo haré de la mano de un ejemplo actual, que tenga el mismo carácter de incertidumbre apasionada que tenían los ejemplos dados por los moralistas en el siglo XVIII.

El jesuita Diego de Avendaño, en la segunda mitad del siglo XVII, puso entre muchos ejemplos de una opinión probable lo siguiente: Algunos opinan probable procurar el aborto antes de la animación del feto, en consideración a la vida u honor de la joven. Pero analizar el problema del aborto en los términos en los que se planteaba en el siglo XVII resulta extremadamente difícil. Por ello, prefiero hacerlo en los términos de un debate actual.

En la prensa se ha estado debatiendo hasta no hace mucho el tema de la píldora del día siguiente. 'Algunos opinan probable que la píldora es abortiva.' Que esta sea una opinión y no un conocimiento verdadero significa que siempre será necesario tener en cuenta la posibilidad de la opinión contraria, a saber: 'Algunos opinan probable que la píldora del día siguiente no es abortiva.' Pues bien, si probable es todo aquello que es intrínsecamente capaz de probarse, y si según enseña el probabilismo no debe distinguirse entre opinión más o menos probable, lo que en concreto obtenemos es que las opiniones concurrentes: 'es probable que la píldora sea abortiva' y 'es probable que la píldora no sea abortiva' tienen el mismo valor moral.

Esta es la tesis probabilista: Las opiniones sólo se pueden dividir en probables o improbables. Por lo tanto, lo que aquí importa es saber si estas dos opiniones concurrentes son probables o improbables, pues si se detecta que ambas son probables, cualquiera que sea la decisión que finalmente tome una persona frente a la píldora será una decisión moralmente lícita.

Entremos, pues, en materia.

Lo primero que hay que recordar es nuestro marco teórico más general, según el cual una opinión es un juicio no garantizado por el conocimiento, es decir, un juicio que puede ser verdadero o falso.

En ese marco, una opinión probable es el juicio que puede ser probado verdadero, o dicho de otro modo, el juicio que podría ser verdadero, pero que desconocemos en esa calidad. Este juicio no es, pues, objeto de conocimiento sino solo de creencia.

Sin embargo, a pesar de que solo tenemos una creencia acerca del mejor curso de acción a tomar, nos hallamos en una situación moral frente a la que hay que tomar una decisión.

Puestos en los zapatos de los probabilistas, lo que buscamos es la probabilidad y no la mayor probabilidad, es decir, la aptitud de una opinión para ser probada y no la opinión que goza de mayor o mejor respaldo en la comunidad a la que pertenecemos. Es obvio, pues, que nuestra atención debe concentrarse en las opiniones menos metafísicas o religiosas de las que dispongamos, pues éstas difícilmente tienen esa aptitud. ¿Qué camino queda abierto?

La cultura moderna nos induce a buscar opiniones con aptitud de ser probadas en el campo de las ciencias exactas. Por ello, en el caso de la píldora del día siguiente, son las ciencias biológicas las que entran en consideración.

Pues bien, desde ese campo del saber, se han llegado a plantear tres teorías acerca del comienzo de la vida humana.

La primera es la teoría de la fecundación o concepción, según la cual hay vida humana independiente de los progenitores desde el momento en el que se unen el óvulo o gameto femenino y el espermatozoide o gameto masculino.

La segunda es la teoría de la anidación, según la cual la vida humana independiente empieza a partir del momento en el que el cigoto, que es la unión de ambos gametos, se fija en la pared del útero, dándose inicio a la fase embrionaria, lo que ocurre a los catorce días de la fecundación.

Y por último está la teoría de la formación de la corteza cerebral, según la cual sólo hay vida humana independiente a partir de la aparición de los rudimentos del sistema nervioso central, que requiere de unos catorce días posteriores a la anidación.

¿Cómo se resuelve esta divergencia de enfoques desde el probabilismo? Lo veremos en la siguiente entrega.
Si Paco fuera transportado del siglo XVIII al XXI, tendríamos que explicarle el panorama teórico que circunda la polémica en torno a la píldora del día siguiente más o menos del siguiente modo: En lo que va del desarrollo de la ciencia, ninguna de las tres teorías que hemos formulado ha logrado ser refutada hasta ahora. Por lo tanto, ninguna de las tres produce conocimiento verdadero. A partir de cualquiera de las tres, en cambio, sólo se pueden producir opiniones probables o, lo que es lo mismo, creencias razonables.

Estas serían las combinaciones básicas posibles:

(1) ‘La píldora es abortiva por adhesión a la teoría de la fecundación.’

(2) ‘La píldora no es abortiva por adhesión a la teoría de la anidación o a la teoría de la formación de la corteza cerebral.’

Las opiniones con sustento en teorías en pleno despliegue y desarrollo son opiniones capaces de ser probadas, según avancen y tengan éxito las investigaciones. Debido a esa probabilidad de la que gozan, las dos opiniones (o tres, si se quiere) que hemos apuntado son moralmente lícitas, a pesar de ser concurrentes respecto de la acción de usar o no la píldora, pues una la prohíbe y la otra la permite. Pero, como bien sabe todo buen probabilista, en materia opinable no rige el principio de contradicción, porque no hablamos aquí de conocimiento verdadero. De allí se sigue que la máxima deducida (sea ésta ‘usa la píldora’ o ‘no uses la píldora’) es siempre dudosa.

Lex dubia, decía Francisco Suárez, non obligat.

¿Qué tendría que ocurrir para que una de las dos opiniones se diese por ‘probada’? Una de ellas tendría que dejar de ser una opinión para pasar a convertirse en conocimiento verdadero. A diferencia de lo que para la epistemología de Paco regía en este punto, hoy se tiende a entender ‘prueba’ no como la “demostración clara del objeto, por argumentos de hecho o de derecho”, sino como la demostración de la falsedad de la tesis contradictoria. En otras palabras, cuando se haya podido demostrar, a partir de un enriquecimiento de los elementos de juicio producidos por la ciencia, que una de esas teorías es falsa, entonces desaparecerá la probabilidad y, consecuentemente, al convertirse la opinión en conocimiento, el carácter vinculante de la máxima que se siga de ese conocimiento será absoluto.

Ahora bien, muchos teólogos, y muchos laicos influyentes que razonan como teólogos, siguen insistiendo, hasta el día de hoy, que una de las dos opiniones es ‘más probable’ que la otra. Piensan esto porque creen que es posible presentar pruebas semiplenas a favor de la opinión que considera a la píldora abortiva. ¿En qué prueba semiplena ven la mayor probabilidad de que lo sea? Señalan que la unión del espermatozoide con el óvulo da lugar a un potencial embrión que ya tiene vida humana independiente, porque posee un sistema inmunológico propio, diferente al de los padres, que no cambiará cuando anide en el útero. Y añaden: Puesto que la píldora impide el anidamiento, es abortiva.

Paco, como todo buen probabilista, desbarataría las pruebas semiplenas con otras pruebas semiplenas en contrario, como por ejemplo ésta: Si se trata de contar los cigotos que no llegan nunca a anidar en el útero, la propia naturaleza arroja cientos de miles de supuestos seres humanos fuera del organismo de la mujer durante su ciclo de vida fértil. Si el cigoto fuese realmente un ser humano, es razonable suponer que Dios o la naturaleza lo habrían dotado de una protección mayor, como aquella excelente cobertura de la que sí goza una vez que ha anidado.

La verdadera intención de distinguir entre prueba plena y semiplena, entre opinión más y opinión menos probable, es claramente política. Lo que realmente se busca con esas distinciones es otorgarle a la opinión propia una superioridad respecto de la opinión ajena que en realidad no tiene. Es la pretensión política, filosóficamente insostenible, de hacer de una opinión ley. Con lo cual inevitablemente se carga a las personas con un yugo adicional sobre sus conciencias, que las obliga a obrar en la dirección deseada por otros.

¿Ha servido este ejemplo polémico para develar quién es, en definitiva, un probabilista? Espero que sí. Un probabilista me parece a mí una persona que, ante este tipo de conflictos morales, opta consistentemente por la libertad. Esto era (no sé si lo seguirá siendo) un jesuita del XVIII: Un cura que en el confesionario no le decía al penitente que, ante la duda, debía seguir el mandato de las mayorías ni la opinión de las élites intelectuales ni mucho menos las disposiciones arbitrarias del poder político, sino exclusivamente el imperativo de su propia conciencia.